viernes, diciembre 01, 2006

Goma de Mascar (Capitulo I)


El día de mi cumpleaños me levanté con un sólo pensamiento. Olvidarme de los compromisos, no responder el teléfono. Ya tendría tiempo para mi hija. Acordar con ella una esquina y recibir de sus manos una tarjeta simbólica. Quizás con mugre en los bordes, como otros años, y un pequeño texto salido de la diplomacia de su madre, quien me miraría atenta mientras la niña me saluda a un costado de su auto en marcha.
Aunque uno por más que quiera soledad absoluta, lo que desea en realidad es que no lo molesten. Que estén ahí, al alcance del cuerpo, pero en silencio. No nos engañemos: uno siempre está buscando un par en su vida. Y cuando no lo tienes, lo mejor es callar el teléfono, una forma de interrumpir la presencia de los que están afuera y la manera más adecuada de dar paso a la resignación.
Resignación que el día de mi cumpleaños también tuvo que ver con una torta. No me agradan, aunque sepa que siempre es más entretenido contar con una en casa. Si no me gustan debe ser porque nunca fui bueno para soplar velas ni pedir deseos. Mis padres nunca me estimularon a que soplara. Siempre lo hacían ellos, apurados, por detrás de mis orejas, como si la torta hubiese sido arrendada. Es que tampoco comer ha sido mi devoción. En la escuela me comparaban con las niñas anoréxicas que recién aparecían en televisión.
Cuando pasé a la fábrica, me hice amigo de Dante Costábal, un operario de la división edulcorantes en la fábrica de chicles. Durante años nos sentamos juntos para almorzar. Él sabía que yo sólo daba un par de cucharadas a mi plato y que luego la comida quedaba a su entera disposición. Dicen que su trabajo ya no fue el mismo cuando me despidieron.
Chicles. Es hermoso pensar en ellos. Mis mejores días llegan y se van como recuerdos elásticos. Imágenes de esas jornadas que me esmeraba en estirar, como si el calendario tuviese la consistencia de la goma de mascar.
Yo era un gum taster. Si se quiere, un experto en chicles. Detectaba fortalezas y debilidades en un producto. Sabía con certeza dónde estaba la mejor materia prima del planeta. Dónde se encontraban las plantaciones premium de chicozapote.
Hoy saber de esa cosa no sirve de nada. Pero por suerte a mis amigos todavía les encanta que yo sea un gum taster. Se llenan de orgullo. Siempre recurren a mí antes de comprar un chicle. Ahora que saben que estoy sin trabajo, llaman por teléfono a casa y me enumeran las marcas que tienen al frente. Yo les doy la mejor ecuación entre precio y calidad. Me fascina que se despidan con la boca llena, dándome las gracias, mientras dan las primeras mascadas a una nueva barra.
Es lindo recibir una llamada. Porque hay veces en que ellos no están cortos de tiempo y, mientras siguen mascando, tengo la oportunidad de contarles que en mis tiempos éramos sólo diez los catadores de chicles en el mundo. Todos nos reconocíamos, aunque nunca supe sus verdaderos nombres. Sólo el apodo a raíz de la marca que nos contrataba. Éramos miembros de una pequeña familia de peritos que intercambiaban miradas cómplices en los aeropuertos.
La mayor intimidad en la que incurrimos fue intercambiar correspondencia. Alabábamos por escrito los hallazgos de la competencia o criticábamos con fuerza un producto mediocre que hubiese sido supervisado por uno de nosotros. Es que todo el tiempo estábamos probando las novedades del mercado. No había golosina que se nos escapara.
Espero que ese ritual continúe hasta hoy. Saber quién era quién, pero, por ejemplo, nunca hablar con Bazooka, uno de los nueve catadores restantes. Recuerdo que me encontré con él en Hamburgo y Sao Paulo en variadas ocasiones, y a lo más llegamos a intercambiar chicles. El juego de no me mires, crucémonos al caminar y mueve tus dedos rápidos en el segundo indicado: pruébalo Bazooka; ojalá te guste Wrigley´s.
En mis diez años de trabajo, los gum taster siempre fueron hombres. Podría apostar que las mujeres siguen siendo mal miradas. Sólo una vez escuché el rumor de que una mujer iba a ser la catadora de una empresa de Nueva Zelanda. Por suerte no ocurrió. El ruso de Dirol presionó para que no tuviera éxito la apertura (que el moscovita definió por carta como una estúpida perestroika del chicle). Incluso el coreano de Hai Tai y el japonés de Lotte amenazaron a sus corporaciones. En una carta manuscrita, sentida y emotiva, confesaron que, de sumarse una mujer al gremio, se suicidarían.
Las mujeres nunca han sido buenas con la goma de mascar. Sólo ahora se han sumado al consumo de productos sin azúcar. Dicen que las relaja. Que es ideal para esos días. También han caído en la trampa de los productos que prometen blanquear los dientes. Además, una mujer en un millón sabe hacer un buen globo... Ellas no entienden.
Pero yo caí en la trampa. Puse demasiada atención a mi mujer. Veníamos mal, cada vez peor. Y fui débil ante esa mirada. Un rictus que se mantenía impertérrito desde que salía en viaje de negocios, hasta mi vuelta a casa con el cansancio a cuestas, nunca emocionado. Sí, traté. Para compartir. Le propuse que me ayudara en las pruebas. Mis habituales análisis a puerta cerrada, una vez los hice con ella.
Era de noche y nuestra hija dormía. Enfrentados nos sentamos en la mesa del comedor. Una estufa eléctrica temperaba la habitación. Desconecté el teléfono y la radio. Cada uno tenía su hoja de evaluación. Había que observar variables del chicle como elasticidad, la persistencia del sabor, dureza inicial, resistencia del globo, entre varias otras. Y evaluar cada punto con una nota de uno a siete.
Yo no estaba muy convencido. No voy a mentir. Sentí ganas, al probar el primer chicle de la noche -un nuevo Clorets de los gringos-, de pedirle que lo olvidáramos. Ya buscaríamos la manera de sobrevivir. Hay una hija y eso nos va a mantener unidos, quise decirle. Pero seguí mascando al límite de la compasión. Ojalá hubiese tenido el poder mental de cortar la luz eléctrica con el pensamiento. Yo no pedía más que un inocuo temblor grado cuatro.
El sismo nunca llegó. Por eso habría sido justificado que se tragara el chicle si hubiese temblado la tierra. ¿Pero en condiciones normales? Ahora que lo recuerdo, me sigue provocando malestar. Sólo le pedía que luego de extraer todo el sabor al chicle, tiempo que debía tomar con cronómetro, lo escupiera sobre una tabla. La apariencia, así como el poder de pegado del producto, eran otras valoraciones que debía puntuar.
Empatiza, me dije, quizá estás demasiado sensible. Tómalo con humor. Y pese a que así lo hice por unos minutos, decidiendo pasar por alto el error, mi paciencia se agotó poco después. Sus constantes titubeos antes de poner una nota -llevábamos una hora en lo que yo me demoraba sólo diez minutos-, fueron mostrándome una faceta de la madre de mi hija que habría pagado por no conocer. Si sus preguntas no eran parte de una rutina cómica, ella definitivamente iba por la vida sin saber tomar decisiones. Sentada frente a mí había una hoja tirada en la acera. Sería levantada, inevitablemente, por el primer viento de la mañana.
Entonces, si ya al comienzo había sentido ganas de decirle detengamos todo esto, ya sabremos cómo salir adelante, luego decidí dejar mi lápiz sobre la mesa y ponerme de pie. Ella me observó como un perro que mira a su amo a la espera de una orden. No pude no decirle que mi hija tenía suerte de tener vivo a su padre.
Mi mujer subió el tono del diálogo. Dijo algo sobre mis viajes, que quizás la niña había olvidado mi nombre, aunque no la escuché del todo. Yo ya le daba la espalda. Jugaba en mi mano con una figurita de plástico que tengo de llavero. Y quizá, para no ser menos, finalmente ella también se paró de la silla, y para tomar una leve ventaja estrelló el lápiz y su goma de borrar contra la muralla. Antes de que saliera de la habitación alcancé a decirle que era una malagradecida. El lápiz y la goma los había traído de mi último viaje.
Tuve la fortuna de que esa noche mi hija no se despertara con la discusión. Nunca supo de un lápiz cayendo con violencia al piso. Tampoco que su padre durmió en el sofá. No quería tocar más a esa mujer. Si mal no recuerdo, mastiqué un chicle hasta quedarme dormido.
Al otro día, mi esposa y mi hija ya no estaban. Desperté con la luz del mediodía, y el olor a perfume de mi mujer me dijo que nunca más seríamos una familia.

11 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Ohhhh!!! de toda una descripcion de un cumpleaños...nos saltamos a los chicles y finalmente a un final que me dejo ohhhhh!!!
hay veces que un minuto de silencio es mejor y tambien es peor...finalmente pienso y segun cosas que me han pasado...un silencio tras una conversacion se complementan muy bien....me gusto lo que escribiste.....SALUDOS!!!

Pd: me encantan los chicles..sobretodo aquellos cuando era muy cacbra chica.. mientras mas grande era el globo... era mejor y mas duraba el globo mas risas habian en mi familia....ajajaj!!!!

9:09 AM  
Blogger Leslie Keith said...

De verdad que eras catador de chicles??

Leì entero el post tratando de dilucir si es real.

Fuera de lo anecdótico, pasando al final de tu historia, al menos si sientes que es una decisión correcta y "coherente" contigo mismo (con lo que eres, si sabes, tangencialmente al menos, lo que eres), creo que debes seguirla no más.

Te dejo un link para que visites, una nueva iniciativa que realizamos con unos amigos:


http://www.cavancha.cl/blogancha/

http://www.cavancha.cl/blogancha/

byebye

8:59 AM  
Anonymous Anónimo said...

Obsesivamente delicioso en tu relato.
Saludos desde mis hojas de cuaderno.

1:06 AM  
Blogger Pilar said...

Reconozco en tus tecleadas letras muchas de las sensaciones que describes.
Sorpresa que no me pasa solo a mi!
Me gustó leerte!

...Mmmm...las chicas si podemos con los globos!

6:46 PM  
Anonymous Anónimo said...

claro ke las chicas podemos con los glovos y ademas tambien se de chicles, es mas alguna ves en mi vida medi la inflacion por el precio del chicle , en fin me gustan tus relatos ............
pero estaria bien ke las actualisara

9:01 PM  
Blogger mentecato said...

Buena narración y un gusto de encontrarle.

Un abrazo.

10:42 PM  
Blogger Monica Alvarez said...

Hola Lino:
la verdad es que es bien chiclienta tu vida.No se si todo es verdad. Lo de tu familia es lo que mas se parece a la realidad porque la conozco de cerca.
Parece que tendras que seguir mascando chicle pues cada uno libera sus frustraciones con algo.Yo con la poesia y el chocolate.
Saludos

10:42 AM  
Anonymous flan de vainilla said...

me encantó! pero, por qué las mujeres simpre salimos perjudicadas en tus relatos? alguna animadversion con nosotras? pero ya estoy acostumbrada, siempre fue así..

Cariños, y saludos a Butragueño, si todavía existe.

Chau!

11:21 AM  
Blogger Zeta said...

Hola, les cuento que he publicado una breve reseña crítica en el blog

http://exceptioveritatis.blogspot.com

Espero que sea de vuestro agrado

Saludos

12:59 PM  
Blogger Vivi said...

Lino,
Estoy tarde escribiendo esto.
Tarde, como siempre.
Tarde, es así como llego a todas partes.
Ecos de una vida tardía.
********

No me gustan los chicles. Me encantaría haber podido saborearlos como lo hiciste tu. Claro, tal vez habría dejado de comer y no estaría rodando por la vida.
Llegué tarde al encuentro con los chicles.
*********
Saludos,

9:29 AM  
Anonymous Anónimo said...

Los hombres suelen ser introvertidos, en lo que a pensamientos y sentires íntimos se refiere. Rafael nos da la oportunidad de incursionar con curiosidad femenina innata, en la sicología de un hombre, como tantos, pero que sabe abrirse desde el corazón, al menos cuando escribe. ¡Disfrutable al máximo!
Sobre todo para el alma femenina, pues esta vez su personaje parece más flexible, como un "chiclet", como una goma que se deja mordisquear.

8:38 AM  

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